6.10.07

quémirásbajácagón

Hay cosas que me sacan, muchas y en muchos ámbitos diferentes, supongo que ya lo he mencionado anteriormente. Quizás esto es lo que me hace un poco parte del “todos” en el que vivo. Lamentablemente –o no- estas cosas no son pocas. En atención a mi salud mental es que suelo “dejar pasar” la gran mayoría de las cosas que me molestan. Sin embargo hay cosas que no puedo dejar pasar.

No fue la primera vez que me encontré con un carterista en un bondi. Estaba en la secundaria –segundo año quizás- y para ir a mi casa tomaba la línea 41 –que al día de hoy sigue llevándome a mi casa, con menos frecuencia-. Morocho con un mostacho negro, puedo ver en mi cabeza su cara perfectamente. Tenía en su hombro derecho un bolso y en el izquierdo un botinero, que utilizaba para cubrir su brazo y mano. Noté algo raro desde el momento en que subió, la mirada acaso. Estigmatización del poder punitivo, vulnerabilidad ante el poder punitivo, o simple olfato irracional; no importa como lo explique, lo cierto es que lo observé detenidamente, hasta que hizo su intento de abrir una cartera. Imposible estar confundiéndome, lo veía claramente abrir la cartera de cuero negro mientras el resto de los pasajeros estaban en la luna de valencia –incluida la ocasional víctima-. La adrenalina me subió, dudé un segundo –no mas- y con una voz algo entrecortada recuerdo gritar “señora, ese tipo le está abriendo la cartera”-. El tipo me miró directo a los ojos, y sin tener tiempo de odiarme, rápida pero tranquilamente se dirigió a la puerta del fondo para bajarse del colectivo mientras repetía “no, no, no” y metía el botinero en el bolso.

Algo así como un año después, también en el 41 tuve la “suerte” de cruzarme otra vez con el mismo carterista. En esa nueva oportunidad lo vi desde un asiento del fondo merodear con la vista, con el mismo mostacho, el mismo bolso, pero esta vez con una bolsa cubriéndole el brazo izquierdo. No tardó mucho en elegir a la nueva señora descuidada, curiosamente ubicada enfrente de mí. Tuve suerte, supongo, pues no me vio, o no me reconoció o no me registraba. Se dispuso a su faena pensando que todos estaban en su mundo, y en esa oportunidad ya no dude. Grité con confianza algo así como “le estas robando a la señora, estás metiendo la mano en su bolso”. No recuerdo las palabras exactas, pero si recuerdo mi decisión, las ganas de arruinarle la guachada por segunda vez al mismo tipo. Otra vez me miró fijo y en ese momento estoy seguro que me reconoció. No dijo nada y se bajó ante un abucheo generalizado. A diferencia de la primera vez, me sentí mas tranquilo, confiado y contento.

El sábado 22 fui a jugar a la pelota en la tarde. Jugué muy mal, desastroso. Esto sumando a mi pésimo estado físico y el haber dejado de jugar seguido, matizaron una tarde olvidable. Traté lo mas que pude ocultar mi mal humor, pero era evidente la mala leche que traía. Al terminar el partido dudé si irme caminado o tomar un bondi que me acerque a casa. La pequeña molestia en la pierna izquierda me terminó de convencer.

Cuando subí al colectivo me quedé parado al lado de una chica, joven, linda, morochita medio rolinga con una mochila jipona en su espalda. La miré, no pude evitarlo, pero la cantidad de gente parada me ponía de peor humor. Dos o tres paradas después suben al colectivo dos tipos, un viejo cuarentón y un pibe bastante alto, veinteañero él. Me llamó la atención que preguntara –el pibe- si el colectivo llegaba a constitución, no se porque, pero me llamó la atención. Inmediatamente se comportaron de manera extraña. Se pararon al frente y miraron detenidamente al fondo. El pibe se fue al fondo y el viejo se paró en el pasillo justo de espaldas a mí, mirando la espalda de dos señoras. “Raro”, pensé ya que había lugar para ponerse en cualquiera de mis costados o de las dos chicas. Tenía puesta mi mochila en la espalda, y ver la situación la dejé colgando de un solo brazo, para evitar tocar al viejo. Mientras tanto ambos seguían mirando a todo el mundo. Inmediatamente el viejo y el pibe se ponen cada uno a un costado de la chica rolinga. Recién en ese momento les vi la cara a ambos: morochos, el viejo con unos anteojos dorados y el pibe de pelo corto onda cumbiero. El viejo con una campera cubriendo su brazo izquierdo y el pibe con una bolsa con el mismo plan. No tardó el mas grande en abrir la mochila de la rolinga, que por cierto a estas alturas se entretenía mirando la calle. Dudé, reconozco. Dudé. Más de un segundo. Eran dos y me incomodaba la cara perdida del mas joven. Pero no aguanté, y como aquella primera vez me subió la adrenalina cuando le dije al viejo “me puede decir la hora”. Evidentemente no esperaba mi pregunta, y contestó con un “no” nervioso mostrando su muñeca derecha –la no ocupada-. Inconforme le digo “no, ¿en la izquierda no tenés la hora?”. Todavía tenía la mano en la mochila el tipo, acaso sin darse cuenta. Agarra su campera con la mano derecha y con un seco “no” me mira a los ojos. Por suerte la chica se dio cuenta y salvó sus cosas poniendo su mochila sobre su pecho.

A todo esto perdí tontamente de vista al mas joven por enfocarme en quien hacía el “laburo”. Para cuando me percate que la mirada del pibe se focalizaba en mí la chica, un poco asustada al darse cuenta del momento comienza a ir al fondo para bajarse. Y estos dos tipos la siguen. De nuevo, no pude evitarlo y empujando gente me coloqué detrás de ella, delante de los dos tipos que comenzaban a empujarme. Por suerte de un semáforo en rojo y de un flaco que -creo se dio cuenta de la situación- hizo sonar el timbre para bajar y la morochita rolinga bajó apurada del colectivo. Quedé yo que obstinadamente evité el avancé de los dos tipos. Al arrancar ya los tenía de cada lado, encerrándome. Miré a los ojos al viejo quien besándose el puño dijo “¿Qué miras?”. Se dio entonces un pequeño forcejeo entre los tres, del cual pude zafarme empujando al viejo, no sin antes sufrir sigilosas patadas en la pierna por parte del pibe.

Por cierto, la gente en el colectivo, bien gracias.

Llegué al lado del colectivero y recién en ese momento en voz alta advertí a los restantes pasajeros sobre los carteristas. No recuerdo las palabras que usé, estaba un poco nervioso. Mis amigos carteristas me comenzaron a insultar, pero rápidamente se bajaron, entiendo que mas por vergüenza que por miedo. Desde arriba veía al pibe que me apuraba con un poco entendible “quémirásbajácagón”.

Suelo dejar pasar muchas cosas, detesto muchas actitudes de la gente que me rodea ya sea ocasionalmente o no. La mayoría las dejo pasar porque o no me importa la idiotez de la persona o entiendo que no vale la pena hacerse mala sangre por gente que no merece que le dedique mi tiempo. Sin embargo hay cosas que no puedo dejar pasar… quizás sea… las ganas de buscar lo correcto. Quizás.

4 comentarios:

Loly... dijo...

vendria a ser algo como.... túrururu tútúuuu... contra el mal.. la hormiga atómicaaaa!! esta bueno tener el valor para saltar en situaciónes asi... ahora no me voy a sorprender si te veo con un ojo morado....

Cazador dijo...

jajaja, cosa curiosa, mientras escribia me imaginaba una onda dibujito janabarbera venido a menos, jajaja

ELIZA dijo...

asi que estas de superheroe... ja ja ja GROSO.

mientras leia no podia dejar de escuchar la cancioncita de edguy....We never cry for love We're superheroes
We are back where we belong
We never cry for pain We're superheroes
Make a stand where we belong We're superheroes

naza dijo...

ta bueno... m entretuvo un rato... si queres mas historias pedimelas... tengo bastantes y tan buenas... naa mas q son d mas piñas y corridas